ARANTZAZU

         Enclavado en la zona más agreste del termino municipal de Oñati, Arantzazu es el santuario mariano más reputado de Euskadi. La devoción que suscita la Andra Mari de Arantzazu, patrona de Gipuzkoa desde 1918, la convierte  -de facto- en la patrona de los vascos.

          Las primeras referencias al santuario de deben al historiador Esteban de Garibay. Por el año 1469, un pastor del cercano barrio de Uribarri, guardando un rebaño de cabras, hallo Explanada de Arantzazu sobre un espino, junto a un gran cencerro, una preciosa imagen de la Virgen. El pastorcillo comunico su hallazgo que es acogido como milagroso, y, en poco tiempo, la imagen se convierte en centro de atracción de miles de peregrinos. Esto hace que las órdenes religiosas se interesen y en pocos años se asientan frailes mercedarios, franciscanos, dominicos y jerónimos, hasta que definitivamente en 1541 quedan instalados los franciscanos.

       El 21 de agosto 1501 el papa Alejandro VI reconocía mediante bula a los franciscanos de Aránzazu. Conviene recodar que la presencia franciscana en las laderas de Aloña es anterior el año 1501, y nos remonta prácticamente a los orígenes mismos de la devoción por la patrona de Guipúzcoa.

      A poco de que el pastor Rodrigo de Balzategui hallara la imagen, lo que sucedió alrededor del año 1469, vecinos de Onati y Mondragón constituyeron la Cofradía de Santa María. En el día de su fiesta, instituida para el 15 de agosto, los cofrades se reunían a rezar y hacer junta en las  campas; a tal objeto se acondicionó un camino de ascenso hasta la ermita, inicialmente un sencillo edificio en piedra sin argamasa. Para custodiarla imagen y atender a los peregrinos la misma cofradía designó a Juana de Arriarán, a la sazón serora en la ermita de Santa Marina de Onati. En fecha cercana a 1491 Juana se vino a vivir a Aránzazu en compañía de un grupo de piadosas mujeres. Este  beaterio, regido por la regla franciscana, “ fue el germen de franciscanismo en Aránzazu, según afirma Aita Zubizarreta.Arantzazu

Juana de Arriaran

     Quienquiera que conozca el paisaje de Aránzazu y tenga una pizca de imaginación podrá hacerse idea de lo dura que sería la vida para ese grupo de mujeres. En un entorno de bosques, escarpes y simas, amenazadas por oda clase de alimañas y durante largos y crudos inviernos aisladas por varias leguas de intransitable camino, las beatas sólo contaban con un modesto refugio situado más arriba de la emita, justo donde hoy el Hotel Sindika se asoma sobre el imponente barranco. Debían de ser mujeres físicamente recias y de gran capacidad espiritual para arrostrar penalidades que tumbaron a muchos hombres de las órdenes que vinieron de la rectora, Juana de Arriarán. De ella se decía que era capaz de curar con una simple bendición, lo que atrajo a mucha gente hasta estas alturas; también que poseía el don de profecía, razón por la que fue llamada a consulta en la corte de los Reyes Católicos.

Muda de hábitos

        La viuda Juana de Arriarán tenía un hijo que profesaba en el convento de la Merced de Burceña, Vizcaya. En la ida de transformar la modesta ermita en iglesia apta a la celebración de toda clase de liturgias, Juana propuso a la cofradía de Santa María, al concejo y a los condes de Oñati que fray Pedro de Arriarán fundara aquí un convento mercedario. A resultas de lo cual en 1493 la primera comunidad masculina se asienta en Aránzazu. Pero la estancia de los monjes duró poco, apenas cinco años. Al parecer no se adaptaron a las condiciones del lugar y tuvieron diversas fricciones con las beatas. El citado Kandido Zubizarreta barrunta que algo tendría que ver en tales desavenencias la superiora, que ejercía poco menos que de “papisa Juana” en el santuario. Lo cierto es que a la marcha de los mercedarios sólo fray Pedro permaneció junto a su madre, alegando que en sus oraciones la mismísima Virgen le había manifestado que deseaba tenerlo a su lado.

        Sin perder la iniciativa, la brava Juana anima a su hijo a cambiar los hábitos de la Merced por los de San Francisco. A la par, mueve hilos en las altas esferas y obtiene del Cardenal Cisneros (el reformador de todas las órdenes religiosas en España) autorización para el emplazamiento de un convento de los frailes de la observancia que tendría como guardián, lógicamente, a fray Pedro de Arriarán, ahora llamado fray Pedro de Oñati. Dicho y hecho:  corría el año 1499 cuando la orden franciscana toma posesión de Aranzazu; y enseguida se inicia la construcción del convento adyacente a la ermita.

La bula de 1501

         Los franciscano observantes fijan su ideal de vida en la pobreza evangélica, según la  Vista aerea de Arantzazu practicaban Francisco de Asís y sus hermanos menores. Carecen de toda clase de bienes y subsisten únicamente por la colecta de limosnas. Esto, que puede ser asumible en climas templados y geografías pobladas, resultaba poco menos que inviable en la Aránzazu de 1500. Así se lo expusieron los recién llegados al papa Alejando VI, demandándole algunas dispensas al rigor observante; también le pidieron que institucionalizara su comunidad, dado que habían entrado en Aránzazu sin aprobación previa de la Santa Sede y ello suponía una infracción a las leyes eclesiales.

        Por tanto, en 1501 no se fundó el convento franciscano de Aránzazu como alguna vez se ha dicho. Lo que hace medio milenio firmó el Papa en la zula Sacrae Religionis fue un reconocimiento de derechos al monasterio creado por estímulo del Cardenal Cisneros. Y otorgó, de paso, carta de ley al asentamiento iniciado mucho antes por Juana de Arriarán.

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 Nuevos sucesos

          Los problemas no acabaron ahí. Todavía entre 1509 y 1512 los frailes tuvieron que abandonar el santuario siendo sustituidos primero por los jerónimos y luego por los dominicanos. Los que hace que un total de seis órdenes religiosas se sucedieran en los primeros veinte años de culto en Aránzazu.

         Ya en tiempos más modernos, el monasterio fue incendiado y la comunidad franciscana disuelta durante la I Guerra carlista, por lo que entre 1834 y 1878 Aránzazu se quedó sin sus custodios. Pero al margen de estos episodios coyunturales, puede afirmarse que desde hace cinco siglos legítima y legalmente los franciscanos tienen su hogar junto a la Andra Mari oñatiarra. A la que desde 1918 honramos como Patrona de Gipuzkoa.

         La comunidad franciscana ha sabido propagar la devoción a la Virgen por todo Euskalherria, incluso en Iparralde. Los numerosos templos que en su honor se han levantado en Iberoamérica, son una muestra de la labor misionera de sus guardianes.

        Durante mas de medio milenio de existencia, Arantzazu ha sido meta de peregrinos, de millares de peregrinos. Hombres ilustres de nuestra tierra han dejado constancia de su devoción a Andra Mari del Aloña: Ignacio de Loyola, Elcano, Legazpi, Esteban de Garibay, el Almirante Oquendo, Diego de Bruton......... por solo citar unos pocos de los mas conocidos.

         A lo largo de su historia, el santuario ha sufrido varios incendios, la mayoría fortuitos. El último, intencionado, en los comienzos de la Primera Guerra Carlista. Reconstruido lentamente, monasterio y basílica, en las primeras décadas del siglo se veía ésta incapaz de albergar, en bastantes ocasiones, a los fieles que acudían en peregrinación. Los guardianes decidieron en 1950 lanzarse a la aventura de construir un nuevo templo. Los franciscanos, haciendo honor a su vocación primitiva de su orden, la de la mendicantes, se dedicaron a patear el País Vasco, y consiguieron costear la que hoy admiramos. Una basílica acorde con los tiempos modernos, de concepción vanguardista, que originó no pocas polémicas en su día, pero que hoy los fieles la aceptan con devoción.

         Obra del los arquitectos Sáinz de Oiza y Laorga, y ornamentalmente de Oteiza, Txillida, Muñoz, Fray Xabier de Eulate, Basterretxea, quedara para la posteridad como exponente de arte moderno de mediados del siglo XX. Es obra que pese a su aparente estridencia se integra perfectamente con el paisaje. Feliz conjunción del cemento y el verdor de los bosques y prados que lo circundan.

        Arantzazu es un centro mariano de primer orden. Al mismo tiempo, por la belleza del paisaje que lo rodea, lugar de comunión con la naturaleza, de solaz y calma. Cada domingo, luzca el sol o la niebla lo comprima Arantzazu es un hervidero de gente. A unos les lleva sus fervores espirituales, a otros su amor a la naturaleza. Y a todos les proporciona el sosiego y la paz que el agitado mundo moderno en que vivimos, requiere cada día con mas urgencia para poder mantener el equilibrio psíquico.

La Universidad de Oñati    Datos en torno a Oñati     Conservando las tradiciones